De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía, en el periodo enero-junio de 2025 se registraron 402 mil 320 defunciones. La coincidencia temporal y etaria de estas causas sugiere que la salud mental debe ser entendida como un fenómeno profundamente anclado en las condiciones de vida. Desde esta lectura, la muerte deja de ser interpretada únicamente un evento biológico y se revela como un indicador social extremo. En ausencia de políticas públicas de salud mental que actúen de forma preventiva, territorial y sostenida, el sufrimiento se gestiona en soledad y termina expresándose de manera trágica. Así, las estadísticas de mortalidad no solo contabilizan pérdidas humanas: evidencian, con crudeza, los límites éticos y políticos del modelo de desarrollo vigente.