Tras cinco días de violentos disturbios en Francia, el gobierno de Emmanuel Macron no parece ser capaz de encarar la crisis más que con medidas de fuerza, mayores despliegues policiales y acentuada represión. Es posible que por esa vía consiga imponer paulatinamente la calma en las calles de las ciudades francesas, habida cuenta de laespontaneidad y la inorganicidad de las protestas, pero esta táctica, que abre nuevos márgenes a la brutalidad policial, puede representar también el riesgo de echar gasolina al fuego: debe recordarse que el detonador de este nuevo ciclo de disturbios por parte de las juventudes marginadas de las periferias urbanas, en su gran mayoría descendientes de inmigrantes del norte de África, fue el asesinato de un menor de edad de origen argelino en Nanterre en el curso de un control policial. El mundo gubernamental y político francés, mientras, sigue dando la espalda a las causas de fondo que desataron este incendio social: el racismo estructural de los cuerpos del orden, derivado del que recorre a buena parte de la sociedad, así como el abandono, la marginación y la falta de horizonte vital para innumerables jóvenes que habitan en las banlieues, los cinturones de desigualdad que rodean París y otras urbes del país que proclama la igualdad como parte de su lema nacional.
Source: La Jornada July 03, 2023 10:32 UTC