18 de Diciembre de 2018No tuve la suerte de verla en pantalla todavía, menos aún en los jardines de Los Pinos que, guste o no, no deja de ser un momento histórico; debo volver a verla en cines para apreciar los detalles que la pequeña pantalla oculta. Le debo, le debemos a Cuarón una grande. Le debemos la mirada íntima, esa sin mayor pretensión de contar una historia, en la que todo lo que acontece es parte del enorme mosaico de la memoria íntima de un México que no sé si fue mejor o peor, ahora que para muchos todo tiempo pasado parece ser peor, como si una extraña tiña ancestral se cerniera, sobre todo, nuestro ayer, el que fue antes de que decidiéramos volvernos modernos e iguales al resto de los países que por alguna razón admirábamos. Cuarón ha comprendido una de las lecciones más difíciles de aprender en el arte, en las artes narrativas; Borges, acudiendo a Kipling, decía que el autor puede escoger la anécdota, pero no la moraleja. Por eso nos queda claro aquello de que la vida es breve y el arte es largo, tenía Cuarón poco más de una centena de minutos para contar una historia y ha creado una auténtica obra de arte y nosotros tenemos toda la vida para comentarla y sacar nuestras conclusiones.
Source: Excélsior December 18, 2018 10:18 UTC